La vida económica del puerto descansó también sobre el empuje de una amplia red de familias y agencias especializadas que gestionaban consignaciones, tránsitos y aduanas. Entre sus linajes fundacionales figuran los Bauzá, Campos, Carreras, Carratalá, Chápuli, Conca, Flores, García, Garrigós, Guardiola, Guillén, Guixot, Lamaignère, Lafuente, Llorca, Mas, Montesinos, Palacio, Papí, Parres, Pérez, Pela, Polo, Poveda, Ravello, Reus, Ripoll, Romeu, Rosser, Rubert, Samper, Sánchez, Terol, Tomasetti, Valls, Visconti e Ycardo. Todo este engranaje convivía bajo la supervisión de la Junta de Obras del Puerto, la cual mantenía sus propios talleres de mantenimiento con electricistas, torneros, carpinteros, peones de mantenimiento, canteros, albañiles, buzos y fareros. Estos profesionales operaban en estrecha colaboración con estibadores, calafates, jornaleros, prácticos y sus ayudantes, transportistas terrestres y un amplio abanico de oficios del recinto —como oficinistas, capataces, gruistas, carretilleros, cantineros, cobradores, maquinistas, fogoneros, carabineros, personal sanitario, aduaneros, armadores, navieros, transitarios, consignatarios y constructores o artesanos de la reparación naval—, además de los estamentos de policía y vigilancia portuaria.