Exposición 125 aniversario | Puerto de Alicante

La comunidad portuaria

Tradición gremial, obreros del mar y modernización logística en los muelles de Alicante

La dársena alicantina se consolidó entre los siglos XIX y XX como el gran pulmón comercial del sureste peninsular y un complejo ecosistema humano y laboral.

El pulso mercantil encontró su primer sustento en una burguesía comercial y en cofradías marítimas como las de San Jaime y San Pedro, cuyas hermandades regularon desde el Antiguo Régimen la vida de los hombres del mar a través de una sólida estructura económica de protección mutua.

En torno a este frente marítimo y a barrios tradicionales como el Raval Roig, la Vila Vella y San Francisco, se configuró una comunidad volcada en la pesca de bajura —mediante el copo o bol—, la industria artesanal del salazón, las expediciones estacionales a las costas marroquíes de Larache y el cabotaje regional, rigiéndose todo ello por estrictas normas consuetudinarias de reparto de beneficios.

Este desarrollo económico e industrial estuvo estrechamente ligado a la formación especializada impulsada a partir del Consulado Marítimo y Terrestre, germen de una Academia Náutica inaugurada en 1799 bajo la dirección de Nicolás de Módena.

Tras desligarse de la tutela militar en 1826, el centro pasó al Instituto Provincial, formando durante décadas a generaciones de capitanes, pilotos y constructores navales.

La vida económica del puerto descansó también sobre el empuje de una amplia red de familias y agencias especializadas que gestionaban consignaciones, tránsitos y aduanas. Entre sus linajes fundacionales figuran los Bauzá, Campos, Carreras, Carratalá, Chápuli, Conca, Flores, García, Garrigós, Guardiola, Guillén, Guixot, Lamaignère, Lafuente, Llorca, Mas, Montesinos, Palacio, Papí, Parres, Pérez, Pela, Polo, Poveda, Ravello, Reus, Ripoll, Romeu, Rosser, Rubert, Samper, Sánchez, Terol, Tomasetti, Valls, Visconti e Ycardo. Todo este engranaje convivía bajo la supervisión de la Junta de Obras del Puerto, la cual mantenía sus propios talleres de mantenimiento con electricistas, torneros, carpinteros, peones de mantenimiento, canteros, albañiles, buzos y fareros. Estos profesionales operaban en estrecha colaboración con estibadores, calafates, jornaleros, prácticos y sus ayudantes, transportistas terrestres y un amplio abanico de oficios del recinto —como oficinistas, capataces, gruistas, carretilleros, cantineros, cobradores, maquinistas, fogoneros, carabineros, personal sanitario, aduaneros, armadores, navieros, transitarios, consignatarios y constructores o artesanos de la reparación naval—, además de los estamentos de policía y vigilancia portuaria.

«[…] ¿Qué tiene Alicante, pues, que crece como la espuma? Una guía de 1923 le asigna 55.000 habitantes, con los agregados. Hoy día pasan de los ciento diez mil. Sus calles, la gente que transita por ellas, te ofrecen mejor una sensación de calma, de holganza, de domingo, que de tráfico, ajetreo y laboriosidad… El puerto más parece dispuesto a que des por él un paseo en lancha que otra cosa. Fuera del espectáculo marinero —Alicante lo conserva en sus propias barbas, como quien dice, yo creo que porque huele el ambiente a Mediterráneo— que ofrecen las barcazas de pesca en el muelle de la Explanada (las banastas llenas de pescado, las redes puestas a secar, los pescadores comiendo a bordo…), nadie diría que en él miles de alicantinos trabajan en los tinglados, en las grúas, en la carga y descarga de buques, que, por otra parte, tampoco se ven, que has de buscarlos […]. Esos almacenes de salazones, de maderas —bacallar y taulons han definido siempre a Alicante—, de conservas, de almendras, de vinos, donde se recogen las pequeñas cosechas de los pueblos alicantinos y manchegos para su embarque, pasan inadvertidos en las calles veladas […]. Esto es Alicante, amigo. Un ansía alegre de vivir. Así lo vieron hace años aquellos negociantes franceses, suizos e italianos que recalaron en su puerto para comerciar con los vinos y las almendras, y terminaron emadronándose definitivamente aquí».

Rafael Coloma. Viajes por tierras de Alicante. 1956