Exposición 125 aniversario | Puerto de Alicante

El puerto de la provincia

Made in Alicante

El motor económico y comercial de la provincia de Alicante encontró ininterrumpidamente en su puerto la arteria fundamental para proyectarse hacia el mundo, impulsado por intensos flujos de cabotaje, una industria pujante y la célebre estirpe de la «aristocràcia del bacallà». Todo ello en un contexto internacional de apertura, con el Canal de Suez (1869) y el de Panamá (1914).

Entre 1882 y 1885, los muelles vieron atracar anualmente entre 1.500 y más de 2.200 embarcaciones.

Este trasiego estaba dominado por el cabotaje nacional —con más de un millar de naves costeras que cohesionaban el comercio peninsular— y respaldado por flotas mercantes extranjeras (francesas, inglesas, italianas, alemanas y escandinavas) que lideraban las rutas exteriores y elevaban la recaudación aduanera por encima de los seis millones de pesetas.

Los muelles absorbían importaciones masivas esenciales, desde carbón mineral y petróleo hasta maderas de pino, tabaco de Cuba y Filipinas, yute, azúcar y miles de toneladas de bacalao, sardinas y salazones.

En sentido inverso, el cabotaje distribuía hacia otros puntos nacionales aguardientes, alcoholes, cereales, esparto, palma y mimbre, hortalizas, tejidos, plomo y vinos, manteniendo además un tráfico regular con las islas Canarias para recibir plátanos, tomates y pescado fresco o en conserva.

Esta fachada marítima canalizaba también la producción industrial de toda la provincia.

Alcoy exportaba papel de fumar y tejidos hacia Argentina, además de maquinaria para bodegas y almazaras destinada a Argelia y Marruecos; Xixona enviaba sus turrones en barco hacia América y las Antillas; Novelda comercializaba azafranes en lujosos estuches litografiados hacia la India (Bombay), Hong Kong y Oriente Medio, junto a pimentón con destino a Argentina y Uruguay; y el territorio sumaba la exportación de calzado de esparto y yute, mármol y piedra natural del Vinalopó (desde Pinoso a Novelda) y los icónicos juguetes de hojalata y muñecas de Ibi y Onil, entre alfombras, botijos, ladrillos o la afamada teja plana alicantina.

El gran revulsivo económico llegó con la exportación masiva de vinos tintos hacia mercados europeos como Sète, Marsella, Burdeos, Rouen, Liverpool, Londres y Hamburgo.

Tras la firma del Tratado de Comercio con Francia en 1882, que promovió de forma libre la entrada de vinos españoles en el país vecino, la plaga de la filoxera que asoló los viñedos franceses disparó las exportaciones alicantinas, alcanzando picos cercanos al millón de hectolitros en 1883 y 1885, y generando ingresos de hasta treinta y dos millones de pesetas.

Este auge impulsó a su vez a la industria de la tonelería y la botería, donde talleres y sagas de maestros artesanos como José y Manuel Torrent, Agustín Bay y Anselmo Esplá suministraron bocoyes, pipas y toneles, imprescindibles para el transporte, un negocio que incluso se expandió a Orán mediante sucursales alicantinas dedicadas al alquiler de estos envases.

Del trasiego comercial portuario a «L’Aristocràcia del Bacallà»

Paralelamente, el comercio del bacalao conectaba las rutas atlánticas con la despensa cotidiana. El pescado de Terranova y el codiciado bacalao noruego —traído por flotas suecas y noruegas desde las islas Lofoten— sustentaban una pujante red de consignatarios y almacenes de salazón conocidos popularmente como «l’aristocràcia del bacallà».

Entre ellos destacaban familias como los Maisonnave, los Campos, los Romeu y figuras como Georges Hawes, operando junto a agencias como la de Galiana, Mas – Bonmatí, Jurado y Uriarte, LLoret y Llinares, Martínez y Ródenas, Soler y Maruenda, Mollá y Bonmatí, o el almacén de María Llorca Montiel.

Desde estos almacenes, el producto se distribuía a ultramarinos como la Tienda del Bacalao de la familia Carbonell en la Plaza Calvo Sotelo, donde nació Lorenzo Carbonell, futuro alcalde de la ciudad.

Este ecosistema comercial se sustentaba en un sólido tejido manufacturero local, alrededor del puerto, que abarcaba desde la molinería de harinas en Babel como las familias Bufort y Cloquell, la innovación de La Industrial Alicantina de Román Bono Guarner en la producción de hielo, chocolate y fideos, las refinerías de petróleo de Babel —Fourcade y Provot, Deutsch y Cía.—, las fundiciones de José Rodes, las fábricas de conservas, sacos o cerámicas y las cordelerías de yute y cáñamo, y almacenes de carbón, hierros y maderas como la familia Esquembre o Alberola y Carreras.

El pulso económico del puerto alcanzó cotas extraordinarias en las décadas centrales del siglo XX, cuando la operativa diaria dependía por completo del esfuerzo físico extremo de las cuadrillas de estibadores que manipulaban de sol a sol saqueríos, maderas, fardos y pesadas pipas de vino en los muelles.

Para responder a esta titánica exigencia, la Junta de Obras del Puerto impulsó una constante modernización de infraestructuras y medios de carga, coronando esta labor colectiva en 1957 al rebasar por primera vez la cifra de un millón de toneladas de mercancías de entrada y salida y alcanzar los tres millones de toneladas de registro bruto en los buques, un hito histórico que selló la edad dorada de la actividad comercial y marinera alicantina.

« […]Zarabanda de colores. Y de olores. Los olores de Alicante. De los penumbrosos almacenes, efluvios de café, de cacao, de salazones, de azafrán, de aceite, de aguarrás. Almacenes de salazones. En el puerto, entre los dos azules, capas de olor de brea, que son atravesadas por los dardos del petróleo, la gasolina, el cacao y el café […]. En el horizonte, las banderitas verdes de las escalas de Levante. Las grímpolas o alargadas y puntiagudas banderitas verdes sobre el azul turquí del cielo. Las banderas verdes del Islam, Oriente. Todo el Mediterráneo con su historia de pasión férvida. Oriente por el Mediterráneo. Vela blanca que se aleja del puerto; los repullos de los olores que surgen de sacos, barricas, corambres, pipas, cajones, fardos. El velamen de los barcos en el azul. Terrados alicantinos. Palmeras, palmeras que rayan el horizonte con multitud de trazos negros».

Azorín. Alicante, Revista España. Década 1950