Junto con el Castillo de Santa Bárbara, el puerto de Alicante constituye el gran emblema de la ciudad. Su privilegiada ubicación geográfica en la costa levantina lo convirtió en el puente natural entre el Mediterráneo, la Submeseta Sur y el interior peninsular, ofreciendo excelentes condiciones de abrigo natural, defensa histórica y un nodo comercial de primer orden.
El arranque del Setecientos estuvo marcado por el dramático Sitio de Alicante (1708-1709), el último bastión de resistencia austracista frente al avance borbónico. Sobre los escombros de aquel conflicto, el tejido económico se transformó profundamente gracias a una activa burguesía mercantil y a una influyente colonia de mercaderes extranjeros, entre los que destacaron franceses, genoveses, irlandeses y malteses.
El gran despegue comercial llegó en 1778 con la apertura al comercio directo con América. Los muelles se abrieron a la importación masiva de productos esenciales —como maderas del EEUU y géneros coloniales como azúcar, café y cacao— y canalizaron una nutrida exportación de barrilla, esparto, sal, frutos de la tierra y caldos tan emblemáticos como el fondillón.
Todo este pujante marco mercantil requirió un respaldo institucional de altura que culminó en 1785 con la creación del Real Consulado Marítimo y Terrestre, situando a Alicante como el tercer puerto mercantil del país.