Exposición 125 aniversario | Puerto de Alicante

El puerto se abre a la ciudad

El binomio indisoluble del puerto y la ciudad

La relación de convivencia entre el puerto y Alicante se tradujo en una constante reciprocidad de intercambios y cesiones de espacios destinados a mejorar las condiciones higiénicas y el esparcimiento ciudadano. Así pues, a lo largo del siglo XX se fue consolidando y expandiendo de manera definitiva un complejo espacio de convivencia donde la estricta actividad portuaria, económica, mercantil y el cumplimiento de la preceptiva normativa legal, aduanera y sanitaria se entrelazaron con el ocio, la gastronomía y la puesta en valor social de un patrimonio arquitectónico erigido en muy diversas etapas.

Todo este dinámico ecosistema urbano se vio permanentemente transformado, modulado y enriquecido por la progresiva evolución de los usos portuarios, las sucesivas modificaciones legislativas y las cambiantes formas en que la sociedad alicantina se relacionaba con su mar.

Una de las primeras concesiones orientadas al ocio ciudadano fue la iniciativa impulsada en 1834 por Miguel Pascual de Bonanza Roca de Togores —hijo de los fundadores de la Junta de Obras del Puerto de 1803—, quien instaló el primer establecimiento de baños de mar junto al muelle.

A partir de mediados del siglo XIX, los históricos balnearios fijos —La Esperanza, La Alianza y Diana— y otros efímeros de la playa del Postiguet transformaron el litoral en un foco de ocio, dejando las primeras referencias al término «turista» y propiciando la publicación de obras especializadas que ensalzaban el clima benigno de Alicante como alternativa a Niza o Cannes. La expansión turística requirió una red de hospedaje que evolucionó desde las tradicionales posadas hasta fondas emblemáticas.

A finales de la centuria, las primeras corrientes de visitantes llegaron con el célebre «Tren Botijo» desde Madrid.

Gracias a esta infraestructura, Alicante consolidó muy pronto su doble condición de destino estival e invernal, promocionada desde 1880 como enclave idóneo para la salud y equiparada con los grandes centros de la Costa Azul.

Este flujo de visitantes impulsó a su vez la transformación del frente marítimo como espacio lúdico durante el mandato del alcalde D. Manuel Gómiz (1890-1893), quien abrió definitivamente la ciudad al mar con el Paseo de Gómiz tras derribar las antiguas viviendas de pescadores.

A finales del siglo XIX, muchas fondas cambiaron su nombre a hoteles (Palace, Iborra, Simón, Samper…), una modernización que se conjugó con el ambicioso proyecto de saneamiento y alcantarillado aprobado en esa época por 654.473 pesetas y con la consolidación definitiva de espacios públicos como el Parque de Canalejas.

Para atraer visitantes se creó la sociedad Alicante Atracción en 1910 y se impulsaron infraestructuras náuticas inauguradas por Alfonso XIII, como el nuevo Real Club de Regatas. En el terreno deportivo, se celebraron las Olimpiadas Levantinas de 1924 junto con la ciudad de Tarragona. El hito festivo brotó en 1928 con les Fogueres de Sant Joan, declaradas de Interés Turístico Internacional en 1983.

En este latido, la Foguera Port d’Alacant plantó sus primeras hogueras en la década de 1940 —ligada al barrio de viviendas obreras Heliodoro Madrona— y plantó por primera vez una hoguera en el mar en 1987 bajo el lema Mar i Foc, iniciando un camino indisolublemente ligado a la defensa de nuestra cultura. Ese mismo año de 1928, el periodista Wenceslao Fernández Flórez visitó Alicante para degustar sus arroces, acuñando el célebre lema de «Alicante, la casa de la primavera».

Real Club de Regatas de Alicante

Años más tarde, el alcalde D. Agatángelo Soler impulsó el diseño definitivo de la Explanada de España, inaugurada en enero de 1959 con más de 6,6 millones de teselas tricolores de mármol (Crema Marfil, Rojo Alicante y Negro Calatorao).

Con el paso de los años, estas mejoras se extienden con la recuperación patrimonial del litoral portuario: en 1992 se reconvertió el histórico edificio de la antigua Lonja del Pescado en una emblemática sala municipal de exposiciones, un hito al que se ha sumado en 2026 la restauración integral del antiguo edificio de Sanidad, transformado y rebautizado como la Casa de la Concordia.

Concebido como un espacio multidisciplinar de encuentro, diálogo y memoria democrática, este enclave une de forma definitiva la memoria del puerto con la vanguardia cultural y cívica de la ciudad.

«[…] Salió Sigüenza por la orilla de los muelles. Era una mañana inmensa de oro. Lejos, encima, el cielo estaba blanco, como encandecido de tanta lumbre, y las paradas aguas, que de tiempo en tiempo hacían una blanda palpitación, ofrecían el sol infinitamente roto. Si pasaba una lancha, silenciosa y frágil, los remos, al emerger, desgranaban una espuma de luz… Gritaban las gaviotas delirantes de alegría y de azul. Y en las viejas barcas de carga, los gorriones picaban el trigo y el maíz desbordado de los costales, y luego saltaban por la proa, dejando en la marina una impresión aldeana muy rara y graciosa… Bajo las palmeras paseaban los enfermos, los ociosos, los que llegan de las tierras altas, hoscas y frías, buscando la delicia del templado suelo alicantino… Olía el puerto a gentes de trabajo, a dinero y a maderas, a vapores, a Mediterráneo y traspasaba todas las emanaciones una fuerte y encendida, como un olor de sol, de semillas, de vida jugosa y apretada […]. De todos los barcos escogió Sigüenza para mirar un vapor negro, ancho, gordo, reluciente en su misma negrura; el hierro de sus costados tenía arrugas, tacto, substancia de piel etópica. Respiraba un hondo hervor de máquinas. Sus grúas eran palpos gigantescos que se torcían sobre la tierra; bajaban sus cadenas oxidadas y con dos uñas terribles se llevaban cuévanos de hortalizas a las entrañas de las bodegas […]. Constantemente venían carros de cestos de fruta, y el muelle era una granja en llenura venturosa».

Gabriel Miró. Libro de Sigüenza. 1917